La luz y las sombras en Quienes se marchan de Omelas de Ursula K LeGuin

El relato "Quienes se marchan de Omelas" (1973) de Ursula K LeGuin es una de las piezas de ciencia ficción más comentadas de la historia. Es un relato universal, que presenta un dilema universal; la interpretación sobre el dilema y sobre la situación única que se da en Omelas sigue generando análisis y debate más de 50 años de ser publicado por primera vez. No solamente desde la perspectiva literaria: la sociológica, la psicológica e incluso la filosófica tienen mucho que decir sobre él.
 
Panorámica de un amanecer sobre una ciudad. El cielo es malva y amarillo, y las luces de las farolas todavía no se han apagado.
El relato nos presenta una ciudad feliz y próspera. El narrador a veces describe con detalle Omelas, y otras veces se dirige al lector en segunda persona invitándole a rellenar los huecos con lo que él considera felicidad. En Omelas todo el mundo está contento: todos los habitantes son inteligentes y están más o menos cultivados, las casas son bonitas, brilla el sol, todos disfrutan de las fiestas por igual. No hay crimen, no hay dolor, no hay enfermedades ni accidentes. Omelas es un paraíso.
Sin embargo, y aquí empieza a presentarse el dilema, en un sótano en uno de los edificios, hay un niño. De él solo sabemos que sufre inmensamente. Pasa toda su vida encerrado a oscuras, comiendo un solo plato de maíz y grasa al día. Está desnutrido y lleva tanto tiempo aislado que ya no sabe relacionarse con la gente.
La felicidad de Omelas depende del sufrimiento de este niño. Mientras él esté encerrado sufriendo, la ciudad será próspera y sus habitantes no conocerán el dolor. 
Los habitantes de Omelas no son ajenos a la existencia de este niño: cuando dejan atrás la infancia sus padres les cuentan el secreto de la ciudad. Algunos nunca han ido a verlo. Otros quieren comprobarlo con sus propios ojos. Y hay veces, que niños o adultos, después de quedarse un tiempo reflexionando, se levantan y le dan la espalda a la prosperidad y a una vida feliz: se marchan de Omelas.
 
El dilema de este relato se ha analizado muchísimas veces bajo muchas perspectivas: ¿es justificable el sufrimiento de uno a cambio de la felicidad de cientos de personas? ¿es ético el dolor de unos pocos, si eso permite una vida más cómoda al resto? ¿es inevitable la desigualdad en la sociedad? ¿con nuestra forma de vida estamos activamente destruyendo la de otros? ¿el sufrimiento solo nos importa cuando lo vemos?
Sin embargo, durante las relecturas que hice para preparar la reunión del club de lectura, me fijé en otro aspecto del relato que no he visto comentado. Voy a intentar explicarlo: va sobre el uso de la luz en "Quienes se marchan de Omelas"; cómo la luz nos va guiando a través del relato.

El narrador de la historia es un narrador inseguro. Admite no conocer del todo Omelas, y aunque sabe qué pasa en la ciudad, interpela al lector para que complete con su propia definición de felicidad. Aún así, es un narrador que en ocasiones está seguro de lo que describe y lo hace con detalle.
La historia empieza en las primeras horas de una mañana de verano. La describe así en los primeros párrafos: "Con un clamor de campanas que hizo a las golondrinas alzar el vuelo, el Festival del Verano llegó a Omelas, la ciudad de las torres relucientes junto al mar (... ) El aire de la mañana era transparente, y la nieve coronaba aún los Dieciocho Picos, que ardían como un fuego de tonos blancos y dorados a través de aire luminoso bajo el intenso azul del cielo".
Es el primer día del Festival y la historia se despereza junto con la mañana, ambas lentas pero luminosas. Las descripciones de los colores de la ciudad nos llevan a un amanecer claro y cálido: malva, dorado, azul, fuego, naranjas...
A medida que avanza el relato, va avanzando el día. Los colores se vuelven más fuertes, y entonces nos empieza a describir colores más duros, menos claros o sutiles. "La mayor parte de la procesión ha llegado ya a los Campos Verdes. De las tiendas rojas y azules de los avitualladores llega un olor maravilloso de comida." Como en un día de sol, la luz del mediodía es directa y brillante, y con ello hace destacar los colores más vivos que se encuentran por la ciudad.
El narrador llega a la mitad de su historia y por lo tanto a la mitad del día. El sol alcanza su punto más alto, y a partir de ahí empezará a decaer y las sombras a alargarse. Justo en ese punto, a la mitad, nos presenta al niño del sótano. Ese cuartucho es la primera sombra que vemos. Llegan los colores oscuros, las sombras sobre Omelas: "Tiene una puerta cerrada con candado, y sin ventana. Por las grietas de los tablones penetra, polvorienta, un poco de luz, filtrada a su vez por las telarañas de una ventana de algún lugar de la bodega". Después de habernos presentado una mañana tan alegre y luminosa, crea un contraste con las sombras largas del sótano. El sol cae, ya solo nos hablará de sombras y de colores apagados: "Si sacaran a la critura de aquel vil rincón, si dejaran que viera la luz".
Una vez el narrador desciende al sótano donde está el niño, no vuelve a ver la luz a Omelas. Dedica la segunda mitad del relato a hablar sobre el niño y sobre la reacción de los habitantes. No vuelve a mencionar los colores del día soleado o a calidez del verano: ya solo hay referencias a los elementos que rodean al niño: sótano, fregona, excrementos, pústulas, soledad, sufrimiento... el narrador ha descendido al sótano oscuro en el que vive el niño y las sombras han invadido Omelas.
Después de presentarnos a la ciudad y presentarnos al niño del sótano, el relato termina cuando termina el día: "Cada una de ellas, chico o chica, hombre o mujer, en soledad. Cae la noche; el viajero ha de atravesar las calles de las aldeas, dejar atrás las casas y sus ventanas amarillentas, y a salir a la oscuridad del campo. Cada uno en soledad, hacia el norte o hacia el oeste, hacia las montañas. Siguen. Abandonan Omelas, caminan en dirección a la oscuridad, y no regresan."
Quienes deciden irse de Omelas no lo hacen bajo el sol del día, lo hacen entre la oscuridad cuando ya no hay sol; las luces de las ventanas siguen siendo cálidas pero ellos están fuera, en el frío de la calle.

El narrador nos ha guiado a través de la historia acompañándonos con la luz y con el recorrido solar: su descripción empieza cuando este despunta y estamos empezando a descubrir la ciudad, continúa durante todo el día, llega a su punto álgido cuando aprehendemos la felicidad y realización total de los habitantes de Omelas; y luego tanto el lugar como el día se van oscureciendo: las sombras sobre Omelas son literales y figuradas. Para cuando llegamos al final, el sol se ha ocultado en el momento en el que se despide el relato: quienes se marchan de Omelas lo hacen de noche. Ya no hay luz en la que permanecer, ya no están bajo el calor del sol del Festival del Verano; dejan todo eso atrás como la propia luz y se internan en las sombras, en lo desconocido, en lo que sea que esté fuera de Omelas.

Han pasado más de 50 años de la publicación de este relato. Seguimos hablando de él. Siempre eterna, Ursula K LeGuin.


*Todas las citas tienen la traducción de Maite Fernández para la edición de Nórdica libros. Imagen de portada de Alex Kulikov.

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