Ciencia ficción española

Aún me da un poco de grima pensar en el concepto "ciencia ficción española". Ese adjetivo final parece que la degrada, que la separa de la ciencia ficción buena, la estadounidense, la anglófona, la extranjera. La ciencia ficción de España no puede ser buena, porque al final, España es una llanura árida, carteles del toro de Osborne, terratenientes pijos, monterías, brazos en alto con pulseras bicolor, señoras que acampan en medio de una carretera diciendo "¡queremos ir a misa! ¡queremos ir a misa!".


Eso es parte de España, pero realmente, este país es mucho más. En esa definición se quedan muchas cosas fuera.
Me cuesta pensar en España como en algo más, pero las pruebas son concluyentes: en España se hace muy buena ciencia ficción. Alguna tiene toros de Osborne, pero la ciencia ficción buena que se hace en España es muy variada: en temas, formato, argumentos y personajes. Tenemos historias espaciales e historias domésticas, tenemos inteligencias artificiales y viajes en el tiempo, tenemos pandemias y distopías. Hay de todo, y de gran calidad.

Una de las primeras veces que me enfrenté a este prejuicio, una de las primeras veces que pensé "esto es muy bueno para estar hecho en España" debió ser con La singularidad, de Sara Sacristán Horcajada, una novelita corta, con las palabras justas y medidas, editada por Cerbero. En esta novela se localiza una singuralidad, una situación anómala, al borde del sistema solar. Los sistemas electrónicos no han conseguido esclarecer qué es, así que deciden mandar una nave tripulada, para que los humanos lleguen más allá que las máquinas. Como decía, La singularidad es un libro medido hasta la perfección, donde la autora va descubriendo la información en el momento preciso; un puzzle en el que las piezas encajan cuando tienen que encajar. Y qué piezas. Qué manera de narrar. Qué historia.
También relacionada con la exploración espacial tengo que hablar de La paradoja de Antares, película de Luis Tinoco, cargada en los hombros de Andrea Trepat, quien interpreta a una científica que trabaja en un proyecto en el que ya nadie cree, buscando señales de inteligencia en el espacio. Una mujer, una noche, una tormenta, y un piloto que se vuelve verde. La protagonista va a tener que luchar contra el mundo para poder llegar al amanecer, y a esa señal que, por fin, ha conseguido interceptar.
No solamente el argumento, el ritmo y la interpretación de la película son espectaculares: el bajo presupuesto y los recursos limitados con los que cuentan potencian el conjunto. Un escenario, un personaje, apenas unas horas, y un montón de videollamadas. Y consigue tenerte en vilo la hora y media que dura.

Quiero pensar en películas españolas de ciencia ficción que cuenten con un derroche de recursos, presupuesto y efectos especiales, que es lo que esperamos de la ciencia ficción, y la verdad es que no se me ocurren muchas. Pero es que siempre me ha gustado la ciencia ficción más cotidiana: gente normal a la que le pasan cosas extraordinarias.
La siguiente que se me ocurre es El increíble finde menguante, de Jon Mikel Caballero. Tiene más personajes que La paradoja de Antares pero no muchos más: un grupo de amigos se van un fin de semana de fiesta a una casa en el bosque y la protagonista, Alba (interpretada por Iria del Río) se ve atrapada en un bucle temporal. Se ve obligada a, cada día, llegar a la casa, limpiarla, beber, discutir con su novio y que rompa con ella. Pero pronto se da cuenta de que el bucle no es siempre el mismo: cada día es una hora más corto que el anterior. ¿Qué va a pasar cuando se termine? Porque, como dice el trailer: no es un bucle temporal, es una cuenta atrás.
Ahora que menciono los bucles temporales: hace poco pude ver por fin Los Cronocrímenes, un clásico del cine español (no solo de la ciencia ficción). La primera película de Nacho Vigalondo, protagonizada por sí mismo y por Karra Errejalde. Una historia de viajes en el tiempo que empieza sencilla, permitiendo que te acomodes a la hora de destruir las paradojas temporales y poner cada una de las piezas del puzzle temporal en su sitio. Pero que inmediatamente te lanza otras piezas, te descoloca, y te pone a correr por un bosque, huyendo de un señor con un abrigo roto, la cara vendada y un cuchillo. Quién es ese. Qué ha hecho. Cómo el protagonista puede conseguir que deje de hacerlo.
Después de verla, sé por qué es un clásico. Esperé años para poder verla hasta que la pusieron en televisión, porque no la conseguí de otra manera, y valió la pena.

No la busqué, sino que apareció ante mí sin saber nada de ella y no pude despegar los ojos hasta que terminó: El milagro de P. Tinto, de Javier Fesser, es un delirio perfecto de película. Es absurda y a la vez todas sus piezas encajan y funcionan de una manera que parecía imposible. P. Tinto (Luis Ciges) y Olivia (Silvia Casanova) quieren formar una familia numerosa, y a pesar de que son mayores y no saben cómo se hacen los niños, nunca renuncian a su sueño. Cuando dos marcianitos caen con su ovni averiado cerca de su casa, entienden que se les ha concedido el milagro y son sus hijos. El milagro de P Tinto es exagerada, es absurda, tiene una estructura que hace imposible resumirla, tiene varios tipos de humor superpuestos los unos a los otros... y no te permite descansar. Empiezan a ocurrir cosas en la primera escena y todo el resto que vendrán después serán igual de importantes hasta llegar al final. No hay un solo segundo desperdiciado o que baje el ritmo. Es de estas películas que te agotan pero que no te puedes perder.

Si tengo que hablar de cosas descatalogadas o difíciles de conseguir, tengo que lamentar que el videojuego Interview with the whisperer, de Deconstructeam, ya no esté activo, y no haber hablado más de él mientras lo estuvo. Encarnabas a un periodista que iba a entrevistar a un señor que decía haber inventado una radio con la que habla con Dios. El juego tenía un chatbot increíble que te permitía hablar con el hombre de manera fluida y natural, sin una ruta de respuestas fija. La ambientación del juego era perfecta, claramente inspirado en los señores de las aldeas de Galicia (creo recordar que se hacía mención a los grelos y la mujer que te recibe en la casa lleva el típico mandilón a cuadros de trabajar en casa y luego en la huerta), con personajes tridimensionales a pesar de no hacer nada más que hablar sentados a una mesa. La conversación sobre la existencia y la voluntad de Dios era mucho más de lo que podría haberle pedido a un juego tan corto.
El juego no funciona porque por costes el chatbox está apagado, pero se pueden ver gameplays de cómo era cuando funcionaba.
Deconstructeam tienen muchos otros juegos buenísimos, reconocidos en todo en todo el mundo, pero me venía bien hablar de este.

Porque así me da paso a hablar de La firma de Dios, el podcast de José Antonio Pérez Ledo. No sé si el mejor podcast de ficción jamás escrito originalmente en castellano, pero puede estar cerca. Con el formato de falso documental, escuchamos las entrevistas que se le hace desde la Comisión de la memoria a las personas que trabajaron con la pandemia que desconcertó a la humanidad y que la cambió para siempre. Ciencia, lingüística, teología. El final de cada uno de los capítulos te mantiene en vilo con los cliffhangers perfectamente construidos. Cada final y cada inicio es capaz de cambiar la historia y tu concepción de qué pasó con cada una de las entrevistas, pero aún así, de manera natural para la historia. Me lo he vuelto a escuchar solo para poder escribir este párrafo y se me han vuelto a poner los pelos de punta en los mismos sitios que la primera vez.

Yo siempre termino hablando de libros. Empecé hablando de La singularidad, y voy a terminar con 36, de Nieves Delgado. Nieves Delgado ha escrito muchas cosas sobre robots e inteligencias artificiales, pero yo siempre acabo recomendando la novela corta 36. "Casas rojas", lo primero que leí de ella, estuvo descatalogado durante un tiempo aunque ahora se puede leer en Aanuk, los relatos de la editorial Crononauta.
La singularidad y 36 son dos de las mejores novelas de ciencia ficción que se han escrito en castellano. Y siempre las defenderé. Son muy diferentes porque una se desarrolla en el espacio y la otra en la Tierra, porque una necesita del juego temporal y espacial y la otra va sucediendo de manera lineal. Pero tienen en común que están fantásticamente escritas, son breves y concisas y tienen algo importante que decir.
36 es la primera inteligencia artificial perfeccionada que puede vivir con los hombres. Nace, le asignan un cuerpo, crece como un niño, va al colegio, aprender a vivir en sociedad y va cambiando de cuerpo así como su mente va desarrollándose como la de un humano. 36 es un ser artificial y paradójicamente nos va enseñando qué es ser una persona. Desde sus ojos ajenos vamos indagando en qué nos hace humanos o qué cosas pensamos que son naturales e inevitables pero en realidad no son más que autoimposiciones prescindibles.
36 también es una novela perfecta. A la vida de 36 se le suma la pequeña investigación policial que surge para entender el asesinato sin violencia de otras inteligencias artificiales como elle. Entre eso y que no está dividida en capítulos, es la receta perfecta para empezarla y terminarla en la misma sentada.

Poco a poco, me he ido dando cuenta de que en España se hace muy buena ciencia ficción. He ido racionalizando que porque una historia se haya hecho en otro país no es necesariamente mejor, y que los escritores y artistas de por aquí cerca tienen mucho que contar. Quizás con efectos especiales menos espectaculares. Pero es que puede que tampoco los necesiten.
 
Foto de cabecera de Rota Alternativa en Unsplash  

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