Se acabó el mundial

Ferrán besa a Pedri justo antes de entrar al campo.
 

El primer partido de este mundial lo vi desde el móvil, sentada en el sillón del hospital, mientras mi padre dormía. A pesar de que España parecía más que capaz, todo el mundo era pesimista con el torneo. Esa noche me escapé de la habitación, di un paseo hasta casa escuchando El larguero, acaricié a Laia y me volví un poco después. Había una noche cálida llena de estrellas y sonaba una orquesta muy al fondo. Por primera vez en semanas, sentí un poco de paz.

Ha sido un mundial de dormir con un ojo abierto, y aprovechar que me despierto cada hora, o cada hora y media para ir viendo los resultados y sorprenderme. Firefox integró un marcador en las pestañas en blanco que al principio me parecía un poco demasiado pero luego se convirtió en un gesto automático.

Ha sido el mundial de Cabo Verde, de las goleadas en la fase de grupos, de ver partidos que nadie más veía porque para mí Argentina nunca fueron un equipo competente, Brasil era un bochorno y España estaba fantástica. Ha sido el mundial de los estadios pantagruélicos, de jugar en cuatro cuartos, de descuentos de 7 minutos que terminan siendo de 12. De los chips dentro de los balones, de las cámaras POV árbitro, del cable de la spidercam, de los streamers en las gradas. De las llamadas a Infantino, de las interferencias políticas, del favoritismo y en general, de EEUU intentando imponer su cultura en una competición organizada por dos países más.

Ha sido el mundial de la ferranexperience, de leer fanfics hasta las 2 de la mañana, de escuchar el postpartido tumbada en la cama mirando las estrellas, de seguir retransmisiones por la radio, a veces dos radios a la vez; de los infartos provocados por Unai, de la tranquilidad de Oyarzábal, de la confianza de Lamine, del niño trompeta, de los edits de Pedri, de los puñitos y el gato con peluca.

Fue el primer mundial en el que la selección de un país se enfrentó con la de dos (EEUU vs Bosnia y Herzegovina), en el que los yankis opinaron que había que abolir el fuera de juego, en el que los noruegos remaron y remaron y pusieron a medio mundo a remar, el de las segundas equipaciones preciosas, el de las botas rosas, el de las cien estrellas en la camiseta de Uruguay, el de los patos entre el público, el de los escoceses secando Canadá, el de los comentaristas perdiendo la cabeza por la falta de sueño, el más largo de la historia.

 

Casi 50 equipos. Más de 100 partidos. Ha sido un mundial marcado por la preocupación y el miedo pero me ha sostenido emocionalmente durante un mes eterno. Me da pena que se termine y me da pena que no hubiese durado todo el verano, hacer dos fases de grupos, repescas, tres partidos al día y no cinco, torneíllos simbólicos, premios de consolación. No quiero volver a las competiciones de clubes. Quiero que este verano dure mucho más y también quiero no tener que volver a ver un partido de fútbol desde el sillón de un hospital.

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