viernes 20 de agosto de 2010

Blues pasados

Querido diario:
Acabo de llegar de la playa. Hacía tantos años que no la pisaba…! Está tan cambiada que ahora parece el centro de marcha de este pueblo. Han habilitado un bajo que yo conocía en ruinas en un bar-pub, y toda la gente joven estaba allí, con la música y la bebida.
Fui por invitación a la parrillada de Sonia. Había bastante gente allí, a alguna no la conocía, y a otra que sí pero hacía mucho tiempo que no la veía. También estaba la última persona que esperaba ver este verano.
Después de tener acabar el instituto y separarnos para ir a la universidad, nos seguimos viendo. Pero poco a poco fuimos perdiendo el contacto. Cuando me dijeron plaza fija en el instituto me fui definitivamente de aquí, y dejé de verlos a todos. Sin poder hablar cara a cara, nos distanciamos definitivamente.
Estaba yo saludando a los pocos que conocía, cuando, de repente, su cara apareció entre la gente. Miguel, de todos los lugares del mundo en los que podría estar, eligió la playa, y eligió esta noche. Él y su incombustible guitarra, sus rizos y su pícara sonrisa.
Nada más verlo, sin haberlo reconocido casi, ya sentía esa sensación en el estómago. Ese vuelvo inesperado, los nervios y las mariposas que creí que había perdido, todos juntos de nuevo. Él también pareció sorprendido de verme, y sin pensárselo vino hacia mí con los brazos estirados. Y yo me moría por darle un abrazo.
Empezamos a hablar, y poco a poco nos fuimos apartando de la gente. Separados por la guitarra, como siempre, empezamos a ponernos al día. Pasaron tantos años…! Él sigue estudiando, siempre estudiando. Ahora vive de tocar, y de enseñar a tocar. No le sorprendió enterarse de que mi vida iba tal y como lo había planeado, que trabajaba de lo que elegí trabajar, vivía donde elegí vivir… y que intercalaba mi rutina con pequeñas creaciones improvisadas.
Me daba miedo sacar el tema, pero me dijo, sin yo preguntarle, que no está casado ni lo estuvo. Ninguna mujer supo entenderlo lo suficiente como para quererlo. Su único amor ahora es su guitarra y su música.
Da vértigo pensar en todos los años que han pasado y lo poco que han cambiado las cosas. Él sigue con su desorden, todavía sembrando el caos en mis planes. Sigue siendo el alma libre que yo no me atreví a ver. Y yo todavía no me atrevo a salirme de lo planeado, de hacer improvisaciones en mi rutina. Y sobre todo, sigue siendo capaz de desnudarme con solo mirarme.
Mientras me hablaba, recordé todas las horas de clase que pasamos agarrados bajo la mesa. Todas las veces que me robó mis púas para poder hacer sus inicios con la guitarra. Las miradas que cruzaban el aula en silencio y en secreto, los recreos en las escaleras, y las horas muertas jugando a las cartas.
También recuerdo las primeras mañanas juntos, cuando me sentaba en el banco, en el pasillo frente a mi clase, y esperaba verlo aparecer por la esquina. Y cuando por fin aparecía, haciendo ruido y mirando al suelo, recuerdo que sentía el mismo vuelco en el estómago que volví a tener esta noche.
Recuerdo la pasión con la que me agarraba el muslo mientras se mordía los labios, y lo larga que se me hizo esa clase. Recuerdo también el furor que sentía yo por poder colarme entre sus sábanas brevemente, por robarle los besos que creía que me pertenecían, incluso recuerdo cómo deseaba arrancarle la camiseta y tirarla echa girones. Recuerdo las ganas que tenía de comérmelo a mordiscos.
Miguel asegura la destrucción de cualquiera que sea lo suficientemente inconsciente como para estar a su lado. Él y lo sabe, y supongo que por eso nunca me permitió acercarme demasiado tiempo. Quizás en un mundo diseñado para nosotros dos, donde él pudiera sembrar su caos y yo pudiera seguir quieréndole en orden, sí sería posible. No lo era en el mundo en el que vivíamos, ni siquiera en el que vivimos ahora.
A él le debo mis mayores noches de locura, sexo, drogas y rock’n’roll. También los mejores conciertos, lecturas compartidas, seminarios, charlas, y excursiones. El gran verano de las excursiones, viajes, caminatas y monte se lo debo a él. Pasaron tantos años, y todavía no me explico qué se me pudo pasar por la cabeza para esa tarde, cuando apareció bajo mi ventana, decirle “sí, bajo ahora” y no aparecer por pasa en una semana. Sin planes, sin organización, sin saber qué podíamos necesitar en mitad del camino, sin tiempo para volver atrás a las cosas que nos olvidamos. Ése es su caos. Desaparecer durante un tiempo sin despedirse, y cualquier noche aparecer en la playa, a tu lado, abrazarte y seguir la conversación que dejó a medias.
Recuerdo cómo, hace años, quería encerrarse en su caparazón, y nunca quería hablar de lo que sentía, de lo que quería o de lo que lo emocionaba. Su mundo interior era totalmente inaccesible para el resto del mundo. Sin embargo, algunas veces intentó decirme que ya sabía que yo moriría por él, pero que no estaba dispuesto a permitirlo. Sabía que estar con él sería destruirme, dar por perdida la vida que yo quería llevar, la vida para la que estaba hecha. Todas y cada una de las veces que empezó esa conversación yo fingí no entender qué me quería decir, y acabábamos cambiando de tema. Quizás una parte de mí, impulsiva e irresponsable, no quería entenderlo.
Y esta noche, después de tantísimos años sin saber nada de él, aparece sin previo aviso. Primero me hizo sentir esa sensación única en el estómago, y luego me llevó a otro mundo con su guitarra y su blues.
Ese otro mundo en el que llegar a fin de mes no es importante. Otro mundo donde los grandes problemas se solucionan con un “lo siento”, y que la mayor preocupación es tener que madrugar al día siguiente. Otro mundo en el que la mayor ilusión es poder hacer la excursión de fin de curso, y en el que no dependes de un marido, de un jefe, de unas fechas de vacaciones para poder desparecer. Ese otro mundo en el que las penas se curan con blues, las drogas son poco más que un juguete, las noches no tienen frío ni fin, y siempre hay fuerzas para seguir tocando en la playa.

Él no paró de sonreír en toda la noche, al igual que yo. Me da miedo pensar en todo el tiempo que ha pasado, pero que, sentada junto a él, cantando Ain’t no sunshine de nuevo, parece apenas han sido segundos. Tuve ganas de volver a abrazarlo por la espalda mientras tocaba, o agarrarlo de la pierna pero… cosas de la edad, ya no tengo la libertad con la que contaba a los 17 años.
Siempre me ha dado la impresión de que soy la única mujer que es capaz de amar, y la única que no puede permitirse amarlo.

4 críticas:

A. Sunrider dijo...

Y ahora es cuando después de leer el texto me quedo sin palabras...

Iripu dijo...

Nos tienes engañados!

Iripu dijo...

me olvidé de añadir un xDDD
jejejeje

JACKIE dijo...

pase por tu blog y me gusto mucho!!!!
te dejo el mio
postsdeunreinoalien.blogspot.com
nos leemos, pasare seguido